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Cuando tengo que describir el dolor por la espera del hijo que no llega, tengo que bajar al suburbio de mi alma porque ahí es donde están algunos de los sentimientos más tristes que una madre puede guardar.

Así que cuando respondo, siempre tardo unos segundos… pero lo hago de este modo.

Este es un proceso de duelo.  Pero un duelo que pagas por adelantado.

Desde luego y Dios me libre, no podemos compararnos jamás a una madre que ha perdido un hijo vivo.  Nunca.  Ese dolor es posiblemente el más terrible que un ser humano tenga que vivir.

Pero para que me entiendas… nosotras… nosotras estamos en la antesala de ese sentimiento.

Después de una lucha tan larga, lenta y desesperante nadie te promete que lo vayas a conseguir.  Nadie.  Por muchos tratamientos que te hagas, por mucha ilusión que pongas, por muchas lágrimas que derrames… nadie te dice “al final lo conseguirás, te lo puedo asegurar”

A veces sentía como mis pequeños (no se porqué, pero siempre pensé que serían dos…) en lugar de estar más cerca se alejaban de mí.

Es más, una noche soñé que estaba en un pasillo largo y oscuro.  Escuché que me llamaban “¡Mamá ven!” y era la voz de mis hijos, lo sabía… (esas voces están en el centro de tus entrañas de una manera brutalmente sobrenatural).  Busqué en habitaciones vacías… era desesperante… una sensación de miedo total de no llegar a tiempo a esa llamada.

La siguiente imagen que recuerdo es verlos al final de ese pasillo… y aunque comencé a correr, las piernas me flojeaban.  Me agarraba a las paredes, luchaba por ponerme en pié y el pasillo a su vez se estiraba como chicle impidiendo que llegara a mis pequeños.

No podía ni respirar… fue una pesadilla horrorosa.

Desperté llorando y con una sensación de angustia tan poderosa que no pude conciliar el sueño (aunque lo intenté, porque quería volver y con más calma lograr abrazarlos).

Eso es lo que sentimos.

Miedo, vértigo, triesteza, impaciencia y desasosiego.

Nuestros hijos no existen para nadie, excepto para nosotras:  tienen su lugar en nuestro corazón, tienen su familia, su padre, sus abuelos y tíos, tienen incluso una habitación en casa esperando a que se decidan a venir para amueblarla, tienen proyectos, lugares a los que ir y gente a la que conocer… y muchos, incluso, tienen hasta nombre.

En mis sueños yo podía hasta olerlos… ese aroma de los pliegues de su cuello o la suavidad de su mano acariciando mi cara… nuestros encuentros en sueños han sido fantásitcos, por mucha pena que sintiera, era lo más maravilloso que podía soñar:  Estar con ellos un ratito.

Por lo tanto… existen.  Existen porque los esperamos como si estuvieran a millones de kilómetros de distancia de nuestros brazos.  Existen.

Y no podemos dejar de pensar en ellos, porque el Amor de Madre nos lo impide.

Esto es para que comprendas que justo así es el color del abismo de nuestro corazón.

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