Para salir de agujero hay que entrar en el agujero (cita de The Hole)

Te bloqueas.

Eso es lo que ocurre cuando atraviesas un proceso de depresión.

Todas tus puertas se cierran y tú te quedas dentro.

Es ahí, en lo más profundo de tu oscuridad donde no puedes sentir prácticamente nada, excepto un miedo que te golpea la nuca y te susurra de vez en cuando que es muy improbable que salgas de ahí.

Es por eso que muchas personas dicen aquello de que no pueden salir de la cama, que se pasan el día llorando dentro de ella y que no pueden mover ni un dedo para salir de ese estado.

Yo lo hubiera hecho.  Me hubiera quedado en la cama, tapada hasta las orejas intentando huir de ese miedo abstracto que te paraliza y te anula.

Pero temía tanto estar dejándome llevar hacia el caos que vagaba por toda la casa con tal de no estar en el dormitorio.

En condiciones normales me hubiera puesto a caminar hacia algún sitio o me hubiera dejado caer en Puerto Venecia con sus miles de tiendas, que eso siempre me anima.  Pero no podía hacerlo porque la última vez que había estado allí había sido espantoso.  Fui porque necesitaba comprarme algo para un bautizo y solo tenía ganas de irme pronto (inaudito en mí, os lo aseguro) la gente me producía un extraño malestar, como si fueran a señalarme con el dedo y a decir:  “Pobre, mira qué pintas, mira qué cara, mira qué trazas, mira qué triste va…”  me sentía como en la película La Letra Escarlata, susceptible a un mundo al que ya no pertenecía, porque había creado uno propio dentro de mí del que no era capaz de escapar.

Entretanto la vida seguía (siempre lo hace) y por mucho que yo no pudiera hacer cosas, algunas situaciones y responsabilidades eran inevitables y no podía huír de ellas.

Empezó a costarme mucho coger el teléfono, devolver llamadas o contestar WhatsApps.   No os podéis imaginar el esfuerzo titánico que eso me suponía, hasta tal punto que me encontraba mal físicamente, con el estómago revuelto y la cabeza a punto de estallar.

Todo se iba amontonando: las llamadas, los mensajes, la colada, la búsqueda de empleo y por supuesto, por supuestísimo retomar la escritura de la novela que ya había terminado pero con la que me quedé estancada en la segunda corrección.  No pude pasar de la página ciento cuarenta y nueve.  Ahí me quedé y así se ha quedado de momento.

Lloraba en la ducha todas las mañanas de pura desesperación, de agobio… como si todo mi mundo se hubiera derrumbado sobre mí.

¿Por qué ahora?  Me pregunté muchas veces.  Había salido airosa de situaciones peores, es más… en ese momento de mi vida no había nada realmente importante que fuera causante de esas sensaciones tan amargas e incapacitantes.

Y es que (ahora lo sé) no había terminado el proceso de ninguna de las agitaciones que anteriormente me habían sacudido.  Simplemente había tapado con un manto de terciopelo cada una de las experiencias amargas de los últimos años.

Tras todo aquello mi cabeza había elaborado una serie de recursos para mantenerme en pie y a cada contratiempo, mi mente se volvía tremendamente resolutiva:

¿Qué no podía tener hijos?  No pasaba nada, porque pensándolo bien tampoco estaba muy preparada para ello después del diagnóstico de la enfermedad.  ¿Quién quiere tener una madre esclerótica?  No tener hijos era lo mejor que podía pasar, por supuesto.  ¿Por qué iba a ser merecedora de un hijo o de qué modo iba a poder cuidarlo, amarlo o disfrutarlo?  Nada.  Sin hijos.  Además eso era lo que tocaba y debía apechugar.  Derrumbarse era signo de debilidad.  Y yo no era débil ¿verdad?

¿Has dicho esclerosis múltiple?  ¡Oh vamos! ¡Mírate! ¡Estás genial! Puedes andar, calzarte unos tacones de vértigo y ser autónoma… no tienes ningún derecho a quejarte.  Sabes que podría ser mucho peor.  Lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo para que cuando no puedas andar o valerte por ti misma no te eches en cara que no hiciste tal o cual cosa.  No pierdas ni un segundo.  No duermas si es necesario.  No descanses.  Haz todo lo que no podrás hacer mañana.  Y siéntete agradecida de que la vida no te trate peor.

¿No te estarás quejando porque no tienes un trabajo remunerado verdad?  Eres una ingrata.  ¿Has visto toda la gente que te escribe para darte las gracias? ¿No te sientes orgullosa de lo mucho que estás haciendo por los demás?  Una cosa te voy a decir: Ahora no los puedes dejar tirados ¿me oyes?  Tienes que seguir, con el Grupo de Apoyo, con las charlas, las conferencias y respondiendo a cada email que te envíen, porque ellos han perdido el tiempo y han sido valientes compartiendo contigo un pedacito de su vida.  Serías una tipa asquerosa si no estuvieras a la altura.  ¡Han comprado tu libro!  ¡Han confiado en ti!  Debes devolverles con creces ese gesto porque además lo están pasando mal y tú has estado donde ellos están ahora.

Además, lo de tener tu propio dinero y un trabajo estable es algo que puedes hacer a la par.  Es cuestión de organizarte y buscar un hueco.  Entretanto gasta tus ahorros y págate tú misma los viajes, estancia y gastos.  Es tu dinero, tus ahorros y puedes hacer con ellos lo que quieras… ¿Qué mejor que invertirlo en una ayuda a terceros?

¿Marido, Familia, Amigos…?  ¿Los echas de menos?  Bueno, te quieren.  Van a comprender todo lo el ritmo de trabajo que llevas.  Y si no lo comprenden es que no entienden exactamente lo que haces.

 

Y así ocurrió.

Con todos estos factores era inevitable que todo explotara por los aires.  La presión fue tan grande que terminé conmigo misma.

Lo de no poder ser madre me dio de lleno.  No es una exageración cuando digo que había nacido para ello y no poder serlo marcó en mi vida un preciso antes y un distanciado después.

Y pese a que una legión de mujeres pueda echarse encima de mí tras leer esto y que incluso yo misma sé que no debería depender de ello mi felicidad, no poder tener hijos me hundió de tal modo que fue más cómodo no afrontar ese dolor que pasar el duelo propio de la pérdida de mi maternidad.  Tuve que buscar un anestésico muy potente para contrarrestarlo y fue la publicación de mi libro.  Por eso cuando recibí críticas en una red social por él fue como si se metieran con mi propio hijo, con mi esencia más profunda… (de las redes y sus piojos ya hablaremos)

Con el tema de mi enfermedad pasó algo parecido.  Mientras pudiera seguir como si nada, no había enfermedad ¿No?

Pero claro, si existía.  Mis fuerzas ya no eran las mismas y por eso cuando tenía un brote todos los temores no afrontados a tiempo se sentaban a mi lado a insinuarme que hasta aquí habíamos llegado.

Lo de no tener un trabajo estable me hizo sentir que dependía totalmente de mi marido y di la bienvenida a una nueva horrible fantasía:  que pensara que era una inútil y dejara de quererme.

Y pese a que me dijo mil millones de veces que lo suyo era mío y todo eso, me negué a creerlo.  Me había vuelto una carga.  Una de mis peores pesadillas ya era una realidad.

Y en cuanto a mi familia, al tiempo que debía dedicarles a ellos y a mis amigas… solo podía tragar saliva después de sentirme terriblemente culpable.  Los iba a perder a todos.  Pasarían de mí definitivamente y empezarían a hablar entre ellos de que ya nunca podían contar conmigo y que apenas me veían el pelo.  Suerte si en Navidad se acordaban de poner una silla para mí o a guardarme alguna croqueta de esas tan ricas que hace mi madre, porque realmente ya no merecía nada.  No había estado para ellos.  Lo justo era que me dieran la espalda.

Obviamente nada de eso pasó.  Si que me aconsejaron bajar el ritmo pero en lugar de pensar que lo decían por mi bien, yo me enfadaba y me decía para mis adentros que no me entendían, que era imposible del todo bajar el ritmo, que o lo daba todo al mil por cien o me convertiría en alguien mediocre.  Si hacía las cosas debía hacerlas bien.  Bueno bien no… SUPERBIEN.

Por lo tanto, cuando todo estalló me quedé a cero.  A cero de excusas, de dolor, de alegría o pena, de resentimiento, de enfado, de ganas de hacer cosas.

Y ahora veo que tenía que ser así.  Que debía reconstruirme de nuevo y si quería hacerlo bien tenía que ser aprendiendo de los errores.

Y el primero, sin duda alguna, era enfrentarme de una vez por todas a aquello que más me dolía.

No pude hacerlo sola y para ello tuve que llamar a mi psicóloga:

– ¿Quedamos? He tocado fondo.

Y aunque no fue fácil, una escalera en mitad de la oscuridad me indicó que no iba a quedarme ahí para siempre.  Y esa fue la primera vez que suspiré con cierto alivio.

Aún no veía la luz al final del túnel.  Pero sabía que iba en su dirección.

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