Stranger Things

Nadie habla abiertamente de la depresión.

Me he dado cuenta que cuando he empezado a contar que “He pasado por un proceso de…” se dan varios casos:

  1. Me miran con una mezcla de supersusto y “Virgen Santa no sé cómo reaccionar, a ver si se me va a echar a llorar o algo”.
  2. Me dicen “Te comprendo perfectamente” que es el mensaje en clave de “he pasado por eso” o bien “conozco a alguien cercano que ha pasado por eso”
  3. Aseguran que ya lo superaré, olvidándose de que he expresado en pasado que “He pasado por un proceso de depresión” que significa que ya está, que ha quedado atrás lo peor y que voy hacia lo mejor. Creo yo.  Confío en eso, aunque sigo sin fiarme.

 

Yo misma entono el “Mea culpa” porque he pensado para mí lo de “es que no se esfuerza lo suficiente” “es débil” “lo hace para que estemos pendientes” “no busca alternativas” “No tiene hobbies”… ahora mismo me clavaría palillos en los ojos para compensar haber sido tan capulla.

 

Bueno.  No va a hacer falta porque he sentido los palillos en el centro del alma y he vivido esta experiencia en primera persona y ahora me he tragado mis pensamientos en plan “Qué… ¿eh? ¿Quién es la que no se esfuerza lo suficiente ahora?  Bocachancla, que eres una bocachancla…”

 

Sea como sea, poco se está hablando de una enfermedad que afecta a más de un tercio de la población.  Que como ayer alguien me decía es, según la OMS la epidemia del siglo XXI.

Y he de decir que no me extraña ni medio pelo.

 

Estamos en una era en la que estar bien y demostrar que eres más alegre que la flamenca del WhatsApp es no solo una moda sino necesario.

 

Las redes sociales están plagadas de una felicidad tan potente que está dejando un reguero de gente frustrada que piensa que su vida es un puñetero asco.

 

Esto, gracias a Dios, no tiene nada que ver con mi propio proceso, pero me he dado cuenta que tanta alegría, castañuela y celebración da miedo.  Miedo auténtico.  Como la sonrisa del Joker.

 

No nos damos tregua.   Si nos dicen “se feliz” nos esforzamos por serlo sin plantearnos nada más y vamos como pollos sin cabeza gritando “quiero ser feliz, quiero ser feliz”

Si nos tientan con emprender, enseguida se nos nubla la razón y pensamos que qué coño estamos haciendo que no montamos nuestra propia empresa (cuando para ello, hay que prepararse muy a fondo, sopesar pros y contras y sobretodo dejarte guiar por profesionales y asesores que te digan si es viable o no… y valorar si realmente estás preparado para dar ese salto) y no siempre vas a poder conseguir lo que sueñas.  Yo aún no he conocido a Ricky Martin y no voy por ahí lamentándome por ello.  Todo el rato.  Cada segundo.  En cada post. Ejem.

 

Nuestros niveles de ansiedad están por las nubes.  No nos permitimos descansar y olvidamos a menudo que lo sencillo es lo que cura el alma:  despertarte y no mirar el móvil sino dar gracias por ese nuevo día, desayunar sentado, preguntarle a tu compañero o compañera como está y salir a dar un paseíto rico para despejar la mente.

Y algo muy importante: dejar de juzgarnos continuamente, pensar en lo que realmente te hace sentir bien (que no feliz, eso es pensar muy allá… solo “sentir bien”)

 

Por otro lado, muchas personas son de dar a tope.  Todo su brilli brilli para afuera.  Para los demás.  Y claro, eso agota más que subir el Everest con la compañía de alguien que no se calla ni debajo del agua.

Hay tramos que se deben hacer en solitario.  En silencio.  Con nosotros mismos.

Este es uno de ellos.

Este es un proceso “para dentro” para descubrir qué es lo que te pasa, afrontarlo y con suerte curarlo de una vez por todas.

 

Todos llevamos heridas por dentro.  TO-DOS.

Y si no las tratas como lo que son, si les das la espalda, si pones encima cosas para amortiguar el dolor… van a terminar saliendo de nuevo tarde o temprano.  Y te aseguro que saben elegir los momentos más oportunos para hacerlo.  Las muy…

Es más rentable en tiempo y a nivel emocional, escucharte y aprender como estás montando por dentro.  Qué es lo que se quedó sin solucionar y buscar ayuda si es preciso para arreglarlo en buena compañía.  En una compañía que te pase las herramientas para marcar un antes y un después en tu vida.  En una compañía profesional.  Que no te meta prisa.

 

No digo que todo el mundo tenga que pasar para una depresión para conocerse, pero desde luego ya que la pasas piensa que es el modo en el que tu cuerpo y tu mente te están diciendo “por favor, escúchame… esto lo tenemos que resolver los tres juntos” y si no lo haces, entre ellos dos te pararán.  Te echarán el freno de mano para que les escuches.

 

Al principio es posible que el cuerpo te de pequeños toques que no te incapaciten pero si te hagan mirarte un poco más (ansiedad, tristeza sin motivo aparente, alguna cosilla física sin importancia pero repetitiva…)  y como no pares, finalmente te parará así.  En plan “Me niego a seguir trabajando con una tía como tú.  Dimito”

 

Para que os hagáis una idea, yo empecé con vértigos.  Pero aún con ellos, me tomaba una pastillita mágica con la que podía tenerlos un poco a raya.  Cogía el coche y seguía mi vida.  Es verdad que me sentía como si me hubiera montado en una noria, pero tenía cosas más urgentes de las que preocuparme: mi trabajo.

Después me subió la tensión.  A veces a más de veinte.  Así que durante un tiempo una vez a la semana caía en urgencias.  A la segunda vez  que estuve allí descubrí un enchufe donde podía conectar mi portátil, usar la red wiffi de mi móvil y seguir contestando emails, porque calculaba que cuatro horas en urgencias no me las quitaba ni Blas.  Así aprovechaba y contestaba cientos de emails o hacía fichas de descuento para el Grupo de Apoyo.

Casi me sabía mal que me llamaran cuando tenía a mitad un texto.  Chasqueaba la lengua y todo.

Después de eso llegó una tristeza abrumadora que vino de la mano con un cansancio total que me dejó por los suelos.

Y después de eso… la nada.  La nada más absoluta.

 

No sé si habréis visto la serie “Stranger Things”… el lado oscuro donde cae Michael.  Esa fue mi residencia durante algún tiempo: una cabaña pequeña dentro de un mundo de oscuridad.

Y es en esa cabaña donde  solo estas tú, que es el momento de enfrentarte a tus miedos, a tus dolores más antiguos… y sentarte amigablemente a negociar contigo mismo una recuperación.

 

Se puede.  Os aseguro que se puede.

 

No es sencillo y es doloroso.  Claro que sí.  Todo lo que cura pica.

Pero en la era en la que vivimos esto es un mal común.  Algo de lo que se habla demasiado poco.

 

Una vez al otro lado te das cuenta que es una oportunidad que nos da la vida para poner todas nuestras piezas sobre la mesa y montarte de nuevo, incluso con piezas nuevas que vienen envueltas en papel de burbuja porque son valiosísimas y conservarás siempre.

Y entonces encuentras un poquito de luz y ya solo es cuestión de ir caminando muy tranquilamente hacia ella.  Sin prisa.  Incluso disfrutando.

 

Te lo digo totalmente en serio.

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