Querido año… vaya 365 días que me has “dao”…

Han sido intensos, eh?

Hoy quería decirte que voy a despedirte con emoción y voy a meter todas esas aventuras que hemos pasado juntos en un cofre:  despedidas, momentos duros, traspiés y mucha lucha.  Todo eso se queda ahí, en el cajoncito de este año que no me atrevo ni a pronunciar.  Has conseguido que termine aborreciendo el dichoso número.

 

Aún así y pese a todo, me has hecho más fuerte de lo que creía que era.  Y te diré, que no he dejado de pensar que las cosas buenas llegarán, aunque se hayan quedado en polvo de estrellas los sueños más importantes que tenía.  Hace 365 días pensaba que en estos meses se escondería lo que buscaba, pero a cambio he encontrado otras… y ¿sabes qué?… que me sirven también.

 

He hecho un montón de cosas por primera vez en este tiempo y esas experiencias me han mostrado rincones de mí que desconocía.

 

No obstante, este año quedará en mi recuerdo siempre como el año que solté amarras, que dejo este puerto y navego hacia otro destino completamente distinto al que me había propuesto.

 

Voy a levantar la barbilla, bien alta (porque además de darme impulso hace que se note menos la papada) y voy a mirar al horizonte no esperando nada, simplemente disfrutando del viaje.

 

Querido año que te vas… guarda bien el espíritu de los que quedan contigo para siempre en esta etapa… de mi padre, de mi hijo… te quedas con dos de las esencias que más he querido en mi vida.  Y mírame bien en las heridas que dejas en mi corazón porque pese a que aún están a medio curar, me has convertido en la mujer fuerte que va a seguir elaborando sueños.

 

Estaré aquí, como una guerrera… en pié, sobre la cima, con el pelo al viento y sintiendo el aire frío en la cara mientras observo en silencio como te apagas y despidiéndonos, por fin, después de este desafío de doce meses.

 

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